Ambiente y Tecnología en el siglo XXI: Avances y perspectiva






Por: Marco Roncagliolo

El ambiente y la tecnología son, sin lugar a dudas, los temas más discutidos en el siglo XXI, motivando a la población a tratar con cautela los daños al planeta o el control sobre nuestras acciones.

Como se sabe, el 31 de julio hubo un viento fortísimo que sacó volando un trozo de plástico de un techo de un tercer piso cerca a mi casa y casi hiere a mi perro o a mi familia. Este viento se replicó en las regiones de Lima, Ica, Arequipa, Moquegua y Tacna con vientos entre 35 a 50 km por hora (Ezerskii, 2025, Infobae). Los cambios en la tecnología son constantes. Este año, científicos de Corea del Sur han logrado desarrollar un robot llamado PanoRadar, que, combinado con IA, tiene una visión “sobrehumana” (Backup, 2025, WEF). La actividad del ser humano con la naturaleza y la tecnología ocasiona una contaminación; por lo mismo, debemos ir hacia una acción concreta.

Como indica Henry Kissinger (2014, pp. 342, 344), la revolución de la información ha transformado la experiencia humana por medio del llamado “Internet de las Cosas”, que ha otorgado a los humanos, empresas y gobiernos capacidad de análisis y vigilancia que van más allá de las agencias de inteligencia (p. 343). Este cambio trajo un “ciberespacio”, palabra utilizada por William Gibson en su libro Neuromante. Basta recordar un ciberataque a Estonia en 2007, que paralizó las comunicaciones durante días (Kissinger, 2014, p. 345).

El papel del Estado ha sido muy importante en la época posguerra. Estados Unidos lideró una estrategia conocida como “cambio tecnológico dirigido”. Reclutó científicos del derrotado régimen nazi, como al científico Wernher von Braun. Instituciones como la National Science Foundation (NSF), los National Institutes of Health (NIH) y la Defense Advanced Research Projects Agency (DARPA) fueron creadas para apoyar la investigación fundamental. Este sistema de innovación se basa en la colaboración entre el gobierno, la academia y la industria, conocido como “cambio tecnológico dirigido”, y se formalizó con la visión de Vannevar Bush en Science: The Endless Frontier (Sachs, 2018, pp. 153–155).

Sin embargo, el economista Jeffrey Sachs (2018) advierte que la administración Trump significó un quiebre. Las políticas de desregulación agresiva y recortes fiscales redujeron el presupuesto en I+D, como la reducción del 92 % de fondos para el Departamento de Energía y un 22 % de recorte para los Institutos Nacionales de Salud (NIH en inglés) (p. 152). En comparación con el gobierno de George W. Bush, no promovió la lucha contra el cambio climático, pero “sí reconoció la importancia de la ciencia y la tecnología para la competitividad a largo plazo de Estados Unidos” (Sachs, 2018, pp. 155–156), lo que significó un retroceso de las ciencias en el país.

Mientras tanto, China apuesta por la tecnología de manera rápida. Sachs (2018) indica que el gigante asiático ha acelerado en sectores estratégicos como inteligencia artificial, biotecnología, energías renovables y vehículos eléctricos. Ya ha superado a EE. UU. en la producción de doctorados en ciencia e ingeniería. Esta carrera tecnológica propone una nueva forma de competencia global, en la cual la innovación es el instrumento de poder (p. 158). El contraste con las políticas de Trump deterioró la cooperación internacional, perjudicando la colaboración científica global. Sachs advierte que permitir la erosión del sistema de I+D pone en juego la prosperidad futura del país (pp. 156 y 158). Samir Amin (1999) señala que este nuevo orden se basa en el monopolio tecnológico sostenido por “un apoyo estatal masivo” por medio del gasto militar y la “explotación de recursos naturales” para mantener su preeminencia, lo que genera una “inestabilidad permanente” (p. 18). En ese contexto, el liderazgo tecnológico es una condición necesaria para mantener influencia global y responder a los desafíos ambientales globales (Sachs, 2018, pp. 152, 155, 156).

En el ámbito militar, la tecnología ha cambiado la guerra moderna. Como describe el almirante James Stavridis (2018) en su libro Sea Power, los avances han modificado la lógica de la guerra marítima. Desde la perspectiva clásica de Alfred Mahan con el control del mar, el apoyo logístico desde cañones y marines hasta la comunicación instantánea ha modificado la toma de decisiones (p. 320). Los sistemas espaciales como los satélites y el Sistema de Posicionamiento Global son esenciales para la navegación naval y el combate. El ciberespacio es el nuevo campo de batalla, y los cables submarinos transportan más del 95 % del tráfico de internet, incluyendo transacciones financieras. Miles de millones de dólares diarios circulan por cables submarinos, que pueden ser un blanco de ataques de países con capacidad como EE. UU., Rusia y China, en lo que llama Steve Weintz la guerra híbrida, con daños accidentales como ocurrió en 2006 y 2008, cuando la destrucción de cables interrumpió servicios de internet entre Egipto, India, China y Pakistán (pp. 322–323) (pp. 41, 321, 322). La guerra moderna depende de la capacidad de procesamiento, transmisión y protección de datos más que de la potencia bruta (p. 324).

La guerra moderna o nueva guerra se caracteriza por una diversificación de sus formas y medios. Alvin Toffler y Heidi Toffler (1994) plantean que vivimos una transición entre civilizaciones tecnológicamente desiguales, lo que ocasiona fricciones hasta la posibilidad de conflictos bélicos (p. 44). En este escenario emergen las armas químicas, biológicas y ecológicas, como estrategias no letales y tecnología blanda. El conflicto ha evolucionado hacia métodos que priorizan la interrupción de infraestructuras críticas sin necesidad de violencia directa, como ataques cibernéticos y virus informático (p. 136). Además, los autores advierten de una amenaza de armamento nuclear táctico, que si bien no tiene capacidad de destruir el planeta, podría causar daños masivos sin desplegarse a su vez sobre varias ciudades (p. 271).

En el ámbito civil, los avances tecnológicos están redefiniendo las capacidades humanas y transformando sectores fundamentales como el transporte y la salud. Yuval Noah Harari (2018) señala que los sistemas no tripulados, como los vehículos autónomos interconectados, presentan una tasa de error significativamente menor en comparación con los conductores humanos, quienes son responsables del 90 % de los 1.25 millones de muertes anuales por accidentes de tráfico (p. 43; Stavridis, 2018, pp. 322–324). Por ejemplo, en 2012, la Administración Nacional de Seguridad del Tráfico en las Carreteras de Estados Unidos estimó que el 33 % de los choques fatales estaban relacionados con el consumo de alcohol, el 30 % con el exceso de velocidad y el 21 % con distracciones al volante (Harari, 2018, p. 43). Frente a esta evidencia, la automatización no solo promete una mayor eficiencia y seguridad, sino que también plantea desafíos sociales y laborales, ya que profesiones como la de conductor o médico podrían volverse prescindibles en ciertos contextos, obligando a muchas personas a reinventarse laboralmente (Harari, 2018, p. 43).

La tecnología ha experimentado avances importantes en varios aspectos de la vida humana, según Ian Bremmer en su libro The Power of Crisis. Por ejemplo la priorización del gasto militar, impulsada por la colaboración entre el Estado y las empresas tecnológicas, lo que ha permitido la elaboración de los aviones no tripulado. Los ciberataques son una constante a nivel global, como se evidenció en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en las cuales ganó Donald Trump. Simultáneamente, los sistemas autónomos ya funcionan en varios países, porque la falla humana incrementan los riesgos de atropellos y accidentes de tránsito. En ese contexto, ahora la Inteligencia Artificial se ha expandido en todas las profesiones y redefinen los sectores.









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El medio ambiente

La situación del medio ambiente es el otro desafío de la existencia humana. En ese contexto, la explotación de los recursos naturales es una consecuencia del capitalismo a corto plazo. De acuerdo con Samir Amin (1999), la aparente preocupación medioambiental de las naciones desarrolladas puede ser una estrategia para mantener su ventaja y evitar los niveles similares de desarrollo industrial que compitan por los mismos recursos (p. 19). Para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), se proponen cinco categorías prioritarias para todos los gobiernos que buscan un equilibrio entre el crecimiento económico, la equidad social y la sostenibilidad ambiental o el “triple balance”. De acuerdo con Sachs, los países en desarrollo necesitan entre 100 y 200 mil millones anuales, y los países multimillonarios no se están movilizando de forma efectiva (Idem, 2018, pp. 209-211), estas son las siguientes:

Garantizar la salud y la educación de calidad para todos, abordando las metas de la Cobertura Sanitaria Universal (ODS 3) y la Educación de Calidad (ODS 4) (Sachs, 2018, p. 210).

Gestionar el uso de la tierra de manera sostenible para detener la pérdida de biodiversidad, suelos, agua y bosques (Sachs, 2018, p. 210).

Invertir en infraestructura sostenible, como acceso a agua potable, energía moderna y comunicaciones (Sachs, 2018, p. 210).

Descarbonizar el sistema energético para lograr la neutralidad de carbono para 2050, tal como lo establece el Acuerdo de París, a través de la transición a energías renovables y vehículos eléctricos (Sachs, 2018, p. 210).

Combatir la corrupción y asegurar un estado de derecho donde las instituciones políticas no estén controladas por intereses particulares (Sachs, 2018, p. 211).

La falta de voluntad política para movilizar recursos es el principal obstáculo. Según Sachs (2018), el desempeño de Estados Unidos es deficiente, ocupando el puesto 42 de 157 países en el Índice de ODS de 2017. Este bajo rendimiento se debe a su falta de inclusión social y sostenibilidad ambiental. La alta desigualdad, la falta de acción sobre el cambio climático y la influencia de operaciones que promueven los combustibles fósiles son un factor clave (Sachs, 2018, p 2011). Como resultado del enfoque anterior, Estados Unidos sufre disminución en esperanza de vida, aumento de depresión y suicidio, y alta tasa de violencia. La administración Trump ha empeorado la situación al desmantelar la regulación ambiental y recibir presión de los hermanos Koch, quienes bloquean con millones políticas contra el calentamiento global (Sachs, 2011, pp. 2011-2012).

Los océanos son el 71 % de la superficie terrestre (AFD, 2022). La amenaza más grave es el daño intencional y prevenible que ocurre en alta mar o la pesca ilegal; esto se roba a las futuras generaciones (Stavridis, 2018, p. 292). El cambio climático empeora el problema con el aumento de la temperatura, con más del 90 % del calor adicional generado por la actividad humana que lo absorben los océanos a 10 mil pies de profundidad, y tiene un efecto en la existencia de la vida marina (Stavridis, 2018, pp. 293-294). El derretimiento de los polos afecta las corrientes oceánicas en la interacción entre la salida, el viento y las corrientes, como resultado del afloramiento de nutrientes en el fondo oceánico (Stavridis, 2018, p. 293). El incremento del nivel del mar es otra causa del deshielo polar. Expertos dicen que el nivel del mar se está acelerando, reclamando tierras cultivables y habitables, y puertos se perderán al ser sumergidos, afectando a casi tres mil millones de habitantes de la costa (Stavridis, 2018, pp. 293-294).

Dos problemas adicionales que afectan los océanos son la contaminación por petróleo y la explotación de recursos. Las plataformas petrolíferas operan en alta mar, y eliminar los recursos del lecho marino es un trabajo muy complejo. El almirante Stavridis cuenta que Saddam Hussein abrió los elevadores en el Golfo Arábigo y bombearon más de 400 millones de galones de petróleo en el Golfo del Norte, cubriendo cuatro mil millas cuadradas; el daño resultante aún aflige esta zona. El ejemplo más icónico fue el derrame de British Petroleum en el Golfo de México en 2010 desde la plataforma Deepwater Horizon. Hay que recordar también el derrame de Exxon Valdez en Alaska, que cubrió 1,400 millas de costa y mató a millones de organismos vivos. Es verdad que estos acontecimientos conmocionaron a la conciencia pública, la regulación y la aplicación de la ley, pero son superados por la “cantidad constante de petróleo que entra en las aguas del mundo año tras año” (Stavridis, 2018, pp. 295-296).

A esta amenaza se suma la contaminación química como resultado de actividades industriales. Un ejemplo es el flujo de limo contaminado que es arrastrado por ríos y, con el tiempo, incluye contaminantes de actividad industrial y residencial en las orillas de los ríos arriba, que encuentran su camino en los océanos. Las actividades agrícolas contribuyen a la contaminación por el uso de fertilizantes. Los químicos de la actividad automotriz, sin lugar a dudas, en forma de escape y efluentes líquidos, terminan en los océanos. Y, definitivamente, las fábricas que bombean desechos industriales, excrementos y orina en los ríos y el mar (Stavridis, 2018, p. 297).

La contaminación marina por basura y plásticos continua siendo una amenaza.  En la década de 1970, la Marina de EE.UU. arrojaba bazuca de plásticos desde los destructores, como documenta el almirante Stravridis en su libro The Sea Power (2018) en (pp. 296-297). Incluso los pedazos más pequeños conservan su composición, lo que ocasiona que aves y tortugas ingieran la basura y termine en su sistema digestivo (Idem, p. 297). Conforme aumenta la demanda de proteína de pescado e hidrocarburos, el vertido de desechos a los océanos incrementa dañando el ecosistema frágil de los arrecifes de coral. A esto se suman las actividades mineras en el fondo del mar donde yacen los nódulos ricos en cobre, cobalto, manganeso, niquel y tierras raras. A pesar de todo, lo positivo es que existe tiempo para actuar en las negociaciones de nuevos tratados internacionales (Idem, 2018, p. 298).

A diferencia de la amenaza de una guerra nuclear hipotética, el cambio climático es una realidad palpable. Las emisiones de gases invernadero como el dióxido de carbono producto de las actividades humanas están alterando el equilibrio climático a una velocidad sin presedentes. Se estiman que si no se reducen las emisiones en los próximos 20 años, las temperaturas podrían aumentar más de 2 °C, desatando fenómenos meteorológicos extremos como huracanes, tifones, desertificación, derretimiento de los casquetes polares, incremento del nivel del mar y desplazamientos masivos poblacionales, con millones de refugiados buscando nuevos hogares (Harari, 2018, pp. 138-139).

El daño ecológico se extiende a la sobrexplotación de recursos, la contaminación del suelo y el agua y el uso excesivo de fertilizantes como el fósfor, que envenena ríos y océanos. Los ecosistemas como la Gran Barrera de Coral australiana y la Amazonía  enfrentan la destrucción del habitat y especies (Harari, 2018, p. 138). Esta crisis ambiental se vincula con la seguridad internacional, como indican Alvin Toffler y Heidi Toffler (1994), quienes advierten que los conflictos futuros pueden surgir de causas ecológicas que incluyen el uso de tecnologías duales (de civiles y militares) como la manipulación del medio ambiente (Toffler & Toffler, 1994, p. 44). Por ejemplo, los helicópteros de control remoto de Japan Aviation Electronics Industry Ltd. para monitorear incendios y derramenes de petróleo. La seguridad nacional incluye factores ecológicos; en ese sentido, EE. UU. debe utilizar su información y fuerzas militares para abordar la hambruna, la catástrofe y la contaminación (p. 220). El deshielo del Ártico puede alterar el equilibrio de poder mundial, y la protección de sus junglas, cielos y vegetación se verá cada vez más enfrentada a las necesidades de las otras. Se perfila como una amenaza comparable a la guerra nuclear (Toffler & Toffler, 1994, pp. 136, 153, 177).

El siglo XXI ya no se imagina el deterioro ambiental, sino lo vive. El deshielo de los polos, el aumento del nivel del mar y las proliferación de plásticos demuestran una crisis ambiental visibles. A esto se suma el riesgo del avance tecnológico, como los ciberataques a portales estatales y lo ocurrido en las elecciones de EE.UU. hace algunos años atrás. El futuro dependerá de las próximas decisiones: puedan ser herramientas de regeneración o catalizadores de nuevas amenazas. 





Referencias

Agence Française de Développement. (2023, junio 8). 5 buenas razones para al fin interesarse en los océanos. https://www.afd.fr/es/actualites/5-buenas-razones-para-al-fin-interesarse-en-oceanos

Amin, S. (1999). El capitalismo en la era de la globalización. Ediciones de la Crítica, p. 19.

Harari, Y. N. (2018). 21 lecciones para el siglo XXI. Debate, pp. 41, 43, 44, 45, 46, 47, 92, 93, 94, 137, 138, 139, 143, 144, 145, 146, 147.

Sachs, J. D. (2018). A New Foreign Policy: Beyond American Exceptionalism. Columbia University Press, pp. 208, 209, 210, 211, 213, 214.

Stavridis, J. (2018). Sea Power: The history and geopolitics of the world's oceans. Penguin Books, pp. 292, 293, 294, 295, 296, 297, 298, 320, 321, 322, 323, 324.

Toffler, A., & Toffler, H. (1994). Las guerras del futuro: La supervivencia en el alba del siglo XXI (G. Solana Alonso, Trad.). Plaza & Janés Editores, S.A. (Obra original publicada en 1993), pp. 43, 44, 92, 125, 136, 153, 154, 163, 177, 178, 179, 183, 184, 185, 189, 190, 220, 238, 262, 271, 281, 305, 340 y 346.


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