De Incas, Religión y Conquistadores de Juan Jose Vega
Nota. Adaptado de El levantamiento de Manco Inca en Vilcabamba (1536) y su impacto en la medicina andina (p. 2), por T. Hampe Martínez, s.f., Academia Nacional de Medicina (
Por: Marco Roncagliolo
Incas, dioses y conquistadores es una obra del historiador peruano Juan José Vega, publicada por primera vez en 1967 por el Fondo de Cultura Popular. Esta publicación representa uno de los intentos más destacados de la historiografía peruana del siglo XX por reinterpretar el proceso de la conquista del Tahuantinsuyo desde una perspectiva crítica y descolonizadora. En lugar de limitarse a la visión tradicional que presenta la conquista como un evento fulminante y unilateral, Vega propone una lectura más compleja, en la que la religión —tanto la andina como la católica— jugó un papel central en el encuentro, conflicto y resistencia entre dos mundos radicalmente distintos. A lo largo del libro, el autor destaca la persistencia de la cosmovisión indígena y las múltiples formas de resistencia frente a la imposición española, desmitificando la idea de una rápida asimilación cultural. Aunque no existen registros detallados sobre el proceso de creación del libro ni sobre sus reediciones posteriores, se sabe que Juan José Vega desarrolló una obra historiográfica comprometida con la revaloración de los actores indígenas, basándose en fuentes primarias, crónicas virreinales y una sólida interpretación crítica del pasado (Vega, 1967; Wikipedia, 2023). Esta obra se enmarca, además, en una línea de pensamiento que influiría en generaciones posteriores de historiadores peruanos interesados en rescatar las voces silenciadas de la historia oficial.
El historiador Juan José Vega realizó varias interpretaciones de sus diversas investigaciones sobre el fin del Tahuantinsuyo y la conquista. Su obra De incas, religión y conquistadores, publicada en 2004, es una lectura crítica de las fuentes primarias y una mirada del romanticismo. La obra describe la diversidad, la violencia, la resistencia y los pactos rotos que marcaron la transición del mundo inca al orden virreinal.
El Tahuantinsuyo era un mundo diverso. Fue un coro de lenguas y de dioses. Lo menciona el padre jesuita Bernabé de Cobo, quien calculó doscientas lenguas entre pueblos desde el altiplano hasta la costa norte. El autor Juan José Vega indica que la lengua del Estado era el runa simi, la “palabra del hombre”, pero asimismo surgen otras voces: colla (Cajamarca), uru (isla flotante de Puno), araucano, jujuy, mochica, el sec, qullan, quehechau, colli (sierra de Conchucos) y formas idiomáticas (Ecuador y Bolivia).
No todo era tranquilidad; la vida política del Tahuantinsuyo era muy movida. El ejército marchaba para defender la frontera e imponer el orden con el objeto de sofocar la rebelión. Apo Huallpaya y los collas tejieron confabulaciones contra Túpac Yupanqui y en la conquista vieron la revolución de Atahualpa contra el Cusco. Un ejemplo fue el caso del plebeyo Apu Ollanta, de origen modesto, quien se alzó buscando igualdad de privilegios por la sujeción técnica y económica. El precio fue el castigo.
Y los dioses y templos, antiguos y nuevos, fueron víctimas de ataques. En el Tahuantinsuyo, si la divinidad no cumplía con lo solicitado, se desencadenaba la furia del inca (p. 23). Así ocurrió con el oráculo de Huamachuco, que fue incendiado por un mal augurio al inca Huáscar acerca de la muerte de Huayna Cápac (p. 25). Para el rescate del inca Atahualpa, se arrebataron los tesoros de las huacas de Pachacamac y Catequil (p. 26). Durante la conquista, la vida religiosa recibió ataques. Hernando Pizarro entró al monasterio de Trinidad del Cusco y deshizo los altares, derribó las imágenes y acuchilló a Tomás Vásquez dentro de la iglesia. Recién con la intervención del obispo de Cusco, Vicente Valverde, se restableció la vida religiosa de la ciudad (pp. 42-43). Durante el cerco de Lima, los enviados por el inca Titu Cusi Yupanqui destrozaron la cruz del cerro San Cristóbal (p. 85). Los españoles, apoyados por indios auxiliares como refuerzo, fueron enviados a la batalla en Pachacamac y Rumichaca, lo que llevó al triunfo español y al bautizo del cerro San Cristóbal (p. 87).
Las crónicas virreinales mencionan la incomprensión del mundo religioso del Tahuantinsuyo, calificado por la presencia de Satanás. El cronista Pedro Pizarro cuenta que Manco Inca hablaba con el diablo (p. 165). Otro viajero, Pedro Cieza de León, narraba el fenómeno de las huacas habladoras, el Apu Rímac o Qollana; había voces que emergían de sus cavidades sagradas. Estos relatos evidenciaban la acción de Satanás, aunque realmente reflejaban una riqueza simbólica y ritual de las creencias andinas. Lo mismo ocurrió con las apariciones de Pachacamac y la huaca Qollana o huaca Juliana, que hablaba por un hueco (p. 167).
La vida de los conquistadores en el Tahuantinsuyo: la primera Navidad en el Cusco fue el 25 de diciembre de 1534. Estuvieron Pedro Sancho de la Hoz, secretario de la expedición, Francisco Pizarro y Manco Inca; escucharon los discursos y besaron el estandarte, por lo que se pasó al vasallaje de Carlos V (pp. 38-39). En la miseria humana, Hernando Pizarro utilizó a Paullu Inca para que identificara huacas ocultas y este lanzó a un cacique a la cámara de tortura en 1538 (p. 40).
La resistencia de Manco Inca tuvo varios momentos importantes. Las derrotas españolas en Jauja, Parcos, Angoyacu y Huaytará en 1536 muestran que el control no fue inmediato. Documentos como la Probanza de Diego de Encinas confirman la captura de los capitanes Pedro Oñate, Ruiz Díaz y Pedro Riquelme, quienes fueron liberados por órdenes de Ordoñez desde la fortaleza de Armaybamba (pp. 57-58). La leyenda de la “higuera de Pizarro”, en el Palacio de Gobierno, también surge en este contexto, atribuida a algún mayordomo o jardinero de Palacio en el siglo XX (p. 78). Con la expedición de Diego de Almagro, que llegó a Arequipa en febrero de 1537, llegaron a la ciudad rumores de la muerte de los españoles castellanos. Ante esa preocupación, se torturó a un guía, pero seguían órdenes de no atacar a los hombres de Almagro (p. 91).
Las relaciones entre conquistadores e incas también estuvieron marcadas por rituales de dominación y sumisión. La primera Navidad celebrada en el Cusco, el 25 de diciembre de 1534, contó con la presencia de Francisco Pizarro, Pedro Sancho de la Hoz y Manco Inca. Este último aceptó simbólicamente el estandarte imperial, reconociendo a Carlos V como su soberano (Vega, 2004, pp. 38–39). Sin embargo, el vínculo fue instrumental: Hernando Pizarro utilizó a Paullu Inca para identificar huacas ocultas y no dudó en torturar al líder indígena (cacique) para obtener información (Vega, 2004, p. 40).
La participación indígena en la conquista fue un elemento decisivo. Según Vega (2004), hubo tres grandes grupos de apoyo: los pueblos previamente sometidos por el Cusco, la dinastía de Hurin Cusco y los yanaconas, cañaris y chachapoyas. En respuesta, Manco Inca ordenó la ejecución de todos los que colaboraron con los invasores (pp. 128-129). Entre los temores profundos de los incas se encontraba la caballería, símbolo de guerra y de poder militar. Manco Inca tomó como reto la guerra e intentó formar su propia caballería para enfrentar a los huancas y logró derrotar a Diego Pizarro, Mogrovejo, González de Tapia, Gaete y Francisco de Godoy (p. 133). La llegada de Alonso de Molina a la ciudad de Tumbes, acompañado por un hombre negro, causó asombro en los locales, quienes lo observaron con fascinación e incluso examinaron sus dientes, lo que da cuenta del impacto visual y simbólico del encuentro de dos mundos (p. 100).
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