Las Benditas Guerras: Perspectivas de las Cruzadas

Columna: Bitácora de la Historia

Nota. Adaptado de Saladino reconquista Jerusalén en 1187 [Pintura], por autor desconocido, s.f. Tras décadas de dominio cruzado, la figura de Saladino destaca por lograr la recuperación de los territorios perdidos para el mundo islámico en 1187 (p. 8).


Por: Marco Roncagliolo

Este nuevo libro Alessandro Barbero publicó en octubre de 2019 llamado Benedette Guerre: Crociate e Jihad que, publicado en Italia es uno de los ensayos breves destaca las Cruzadas como un peregrinaje cristiano e incluye el punto de vista musulman. Sin duda ha contribuido al conocimiento del otro, que en este caso el musulman. Publicado poco después de un nuevo intercambio intenso de fuego entre los israelíes y los palestinos. Ese 2019 hubo el intercambio de 600 proyectiles desde Gaza hacia Israel, mientras las fuerzas israelíes bombardearon la Franja. El libro de Barbero está divido en dos: Los cruzados y el jihad de los musulmanes.

Las Cruzadas fueron recordadas como eventos profundamente sangrientos que implicaron un duro enfrentamiento entre el Occidente cristiano y el mundo islámico (p. 1). Jerusalén, que había pertenecido al Imperio romano convertido al cristianismo en el siglo IV, pasó al dominio árabe tras las conquistas del siglo VII, aunque durante siglos coexistieron comunidades cristianas y judías bajo el califato (p. 6). En ese contexto, Carlo Magno mantuvo relaciones diplomáticas con Harun al Rashid, garantizando la seguridad de los peregrinos cristianos hacia Tierra Santa (p. 6). Sin embargo, la irrupción de nuevas élites turcas menos tolerantes y más belicosas transformó la región en un espacio peligroso, dificultando el acceso de los peregrinos y generando la necesidad de ayuda militar para Bizancio (p. 7). La caída de Gerusalemme en 1099 fue percibida como una ofensa enorme por el mundo islámico, lo que desencadenó dos siglos de enfrentamientos en los que los musulmanes buscaron recuperar los territorios perdidos (p. 8), hasta que Saladino logró reconquistar Jerusalén en 1187 (p. 8). Todo ello ocurrió en un momento en que Europa atravesaba un crecimiento demográfico y económico que permitía enviar jóvenes y caballeros hacia Oriente, transformando la Primera Cruzada en una empresa de conquista territorial (p. 10). 

De esa experiencia nació el Reino de Jerusalén, considerado por los historiadores como el primer experimento colonial europeo, donde los cruzados impusieron estructuras de servidumbre sobre las poblaciones locales (p. 11). El autor subraya que esta dimensión colonial es innegable y que constituye una de las claves para comprender cómo la fe y la ambición se entrelazaban en un mismo proyecto político y económico (p. 11). El fervor religioso coexistía con la ambición individual y la violencia, configurando una dinámica en la que la fe y la codicia se entrelazaban sin contradicción (p. 12). Con el tiempo, la Cruzada se institucionalizó jurídicamente bajo la autoridad papal, otorgando privilegios legales y económicos a quienes se unían a la empresa (p. 13), y extendiéndose incluso contra enemigos internos como Federico II o los cátaros de la Provenza y la Lombardía (p. 14). Finalmente, hacia fines del siglo XIII, tras la expulsión definitiva de los cristianos de Tierra Santa, el entusiasmo europeo decayó, aunque la idea de movilización religiosa persistió en campañas posteriores contra los turcos, hasta Lepanto y más allá (p. 16). Un elemento adicional que el autor destaca es que las Cruzadas no solo fueron una guerra externa, sino también un mecanismo de cohesión interna para Europa, pues permitieron al papado afirmarse como autoridad política y moral en un periodo de intensos conflictos con el Imperio (p. 13).

Las figuras que encarnan las Cruzadas mostraron el fervor religioso y la ambición política. La Primera Cruzada fue protagonizada por señores locales como Goffredo di Buglione, quien se convirtió en el primer rey de Jerusalén (p. 20–21). Un siglo después, Luigi IX de Francia, considerado santo en vida, realizó la Cruzada como penitencia y deber, afirmando que “per un re cristiano rischiarla è un dovere” (p. 23), y financiando personalmente su expedición sin recurrir al clero, lo que reforzó su imagen de monarca piadoso (p. 24). Sin embargo, su muerte en 1270 marcó el declive del entusiasmo cruzado (p. 28). En contraste, Ricardo Corazón de León se convirtió en mito por su capacidad de enfrentarse a Saladino en campo abierto, siendo recordado como “un verdadero hombre y un verdadero Rey, un Corazón de León” (p. 30), aunque en Europa era odiado por su crueldad y sus impuestos (p. 31). La mente del cruzado era contradictoria porque aceptaba entre martirio y violencia, creyendo que derramar sangre en defensa del Santo Sepulcro era grato a Dios y a su vez una vía de ascenso social y político (p. 32). En este marco, Baldovino IV, el joven rey leproso de Jerusalén y representado por Edward Norton en la película “Kingdom of Heaven”, y los príncipes de Monferrato como Guglielmo Lungaspada y Corrado, encarnaron la fragilidad y las luchas dinásticas que marcaron la defensa de Tierra Santa (p. 33–37). La muerte de Corrado por asesinato (p. 38) y la ambición de su hermano Bonifacio, que casi se convirtió en emperador de Constantinopla durante la Cuarta Cruzada, revelan cómo el ideal religioso se mezclaba con ““Esta inmensa avidez de poder y de ganancia, este deseo de conquistar, tomar, arrebatar, masacrar” (p. 38).

La evolución de la violencia religiosa comenzó cuando los primeros cristianos «rifiutano di farlo, perché il loro monoteismo impedisce loro di partecipare a qualsiasi altro culto» (Barbero, 2009, p. 43), lo cual los posicionó como un peligro político ante el Imperio Romano. Con el tiempo, la postura cambió bajo la influencia de pensadores como Agostino, quien razonó que «"ma anche Davide portava le armi"» (Barbero, 2009, p. 46) y concluyó que «"talvolta è necessario che i buoni facciano la guerra contro i violenti, per comando di Dio e del governo legittimo, costretti dalla situazione al fine di mantenere l’ordine"» (Barbero, 2009, p. 47). No obstante, durante el primer milenio, el acto de matar seguía siendo una falta espiritual grave, dado que «la confessione era pubblica» (Barbero, 2009, p. 47) y «la penitenza può essere ad esempio un periodo di digiuno: la cultura ecclesiastica a cavallo del Mille è tutta intessuta di riflessioni su quali penitenze siano più adatte ad ogni peccato» (Barbero, 2009, p. 48). El cambio radical ocurrió con la Primera Cruzada, cuando se difundió la idea de que «uccidere non solo non è più un peccato, ma è sacrosanto»(Barbero, 2009, p. 50), apoyada por la promesa del Papa Urbano II de que quienes murieran en batalla «avranno l'immediata remissione dei peccati» (Barbero, 2009, p. 50). De este modo, i crociati pasaron a verse como nuevos mártires que «stanno lasciando tutto e rischiando la vita come gli antichi martiri» (Barbero, 2009, p. 51), aunque este fervor también desencadenó que las comunidades judías fueran «aggredite sistematicamente, con distruzioni e massacri, dalle folle dei crociati in movimento verso la Terrasanta» (Barbero, 2009, p. 53).

El fenómeno de la cruzada se sostiene sobre dos aspectos paralelos que se reflejan mutuamente: el nacimiento de la idea de guerra santa en la cultura cristiana y la evolución del concepto de jihad en la cultura islámica (p. 41), una dimensión histórica esencial para entender la relación de estas grandes religiones monoteístas con sus textos sagrados (p. 42). Aunque inicialmente los primeros cristianos rechazaban el oficio de las armas por el mandato de «no matar» y sufrían persecuciones por su monoteísmo (p. 42-43), la figura de San Agostino introdujo un cambio al justificar que, en ciertos casos, la guerra es necesaria para alcanzar la paz, usando como ejemplo que «anche Davide portava le armi» (p. 46). Durante el Alto Medioevo, matar en combate seguía considerándose un pecado que exigía una confesión y penitenza pública ante la comunidad (p. 47-48), pero esta mentalidad se fracturó con la Primera Cruzada en 1095, cuando Urbano II transformó el acto de matar en algo sacrosanto y obligatorio frente a la amenaza de los turcos que devastaban el reino de Dios (p. 50-52). Bajo esta nueva lógica de confrontación, el papa prometió la remisión inmediata de los pecados a quienes murieran en batalla, permitiendo que los crociati vieran su sacrificio no como un crimen, sino como un nuevo martirio equiparable al de los antiguos cristianos en su búsqueda por recuperar la Terra Santa (p. 50-52). Esta sacralización de la violencia se convirtió en una válvula de desfogue para la sociedad feudal, donde figuras como Bernardo de Chiaravalle teorizaron que el caballero no era un omicida sino un «malicida» al servir a Cristo (p. 54-55). Finalmente, este proceso alcanzó su punto culminante con la conquista de Gerusalemme en 1099, un evento marcado por un masaje apocalíptico donde la sangre llegaba a las rodillas de los caballos, consolidando una fe que veía en la guerra la vía más breve hacia el paraíso (p. 57).


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Cronología del Terrorismo en el Perú 1980-2002

Análisis de la definición de ciudadanía y la nacionalidad en el Oriente Medio

Historia de Chaclacayo: Evolución histórica de un distrito