LOS CURACAS DE SURCO Y CHACLACAYO

Columna: Bitácora del Pasado


Nota. Adaptado de Desde el río hasta el mar: la ruta milenaria del canal Surco [Fotografía], por Lima Milenaria, 2016, Blog Lima Milenaria (http://limamilenaria.blogspot.com/2016/07/desde-el-rio-hasta-el-mar-la-ruta.html).




Por: Marco Roncagliolo



A continuación, se presenta el texto corregido únicamente en sus aspectos ortográficos, gramaticales y de puntuación (como el añadido de tildes faltantes en palabras como indígena, sociopolítica, castellano, órdenes, riberas, etc., y la corrección de errores de digitación como insittucionalizaron o tierrasa), manteniendo el contenido y la redacción intactos tal como lo solicitaste:


El habitante andino logró dominar el territorio del medio ambiente y controlar sus recursos naturales. El libro “Los Curacas de la Costa” de María Rostworowski de Diez Canseco aborda un documento acerca de las encomiendas de Francisco y Hernando Pizarro y la tasa de tributo del curaca limeño. Continuando con la investigación respecto a los curacas donde están ubicados Surco y Chaclacayo, su rol como mediador y nexo de las rutas comerciales, la división de los curacazgos, las entidades que asumieron luego de la Fundación de Lima, el sistema de irrigación en Surco y la aparición de los jesuitas en el conflicto.

Curacazgos de Surco y Chaclacayo

Bajo el valle del Rímac destaca el Señorío de Surco (Sulco), formado por una macroetnia supeditada al centro religioso de Pachacámac (Rostworowski, s.f.). Por aquel momento, Surco era el señorío con mayor extensión con un canal que los españoles llamaron el “río de Surco”. Su pueblo más importante fue el de Pachacámac, capital de los Ychsma, tuvo una estructura sociopolítica jerarquizada y mantuvo vínculos con los Guatca y Lima.

Mientras en los linderos de las cuencas bajas del río Rímac, en aquel lugar existía el curacazgo de Sisicaya y la región chaupi yunga o costa media. Antiguamente, este territorio perteneció al Señorío de Pachacámac bajo influencia Ychsma, pero fue desmembrado posterior a la consulta del Inca Túpac Yupanqui, conforme consta en el documento de la Retasa Toledana de Huarochirí llevada a cabo en 1577 (AMNH s/n) (citado en Rostworowski, 2012); esta área fue anexada a la jurisdicción de Huarochirí como consecuencia de la conquista cusqueña y obedeció a un pedido de los Yauyos, amigos del soberano inca, de tener acceso a chaupi yunga o costa media (Rostworowski, 2012, p. 802).

Para Cornejo (2000), durante el Horizonte Tardío, el valle alto del Rímac estuvo poblado por gente andina de origen Yauyos, procedente de Huarochirí. Fueron conquistados por el Inca Pachacútec, quien tomó el cuartel general del cacique Cuismanco en Moyobamba y formó la provincia de Pachacámac, que incluyó los valles de Lurín, Rímac y Chillón. A partir de ese momento, el Inca dividió la zona en cuatro ayllus: Moyopampa, Puruchuco, Huaycán y Cajamarquilla (pp. 150, 157, en Jiménez, 2024, p. 18). Esto alteró a los Ichma, quienes se unieron a la provincia de Yauyos, especialmente a la guaranga de Chaclla (Ídem, 2000, pp. 163, 167, en Jiménez, 2024, p. 18). Además, la guaranga de Picoy, compuesta por Huaycán, Chaclacayo, Mama, Cocachacra y Surco, se asentó en el Rímac medio (Ídem, 2000, p. 163, en Jiménez, 2024, p. 18). A su vez, los grupos serranos iniciaron su avance hacia la costa, como lo demuestra la presencia de asentamientos costeños con arquitectura de tapial y cerámica fina. Stumer (1954, en Jiménez, 2024, pp. 18-19) indica que los asentamientos de Huancho abarcan Pedreros, Huachipa, Carapongo y Ñaña al lado derecho del Rímac, y Ate, Huaycán y Chaclacayo al margen izquierdo, lo que prueba la expansión y mezcla cultural.

Curaca y su rol

Los curacas disfrutaban de un estatus social más elevado, siendo señores de curacazgos o reyes o emperadores. Este sector indica la existencia de una casta de origen que es un enigma porque solo se reconoce por la arqueología. El poder del señor andino y su clase dirigente en la dirección. La lucha por el poder asienta el manejo de la mano de obra. Se organiza el Estado tal que hay varias formas de ejercer fuerza por la fuerza. El curacazgo y su más importante en las etapas formativas (Araníbar, 1988, p. 26).

Los curacas o caciques eran los descendientes de los señores antiguos, de carácter hereditario, que la Colonia mantuvo con dos fines: el de cobrar los tributos y el de enterar las mitas, por cuyo trabajo debían percibir un salario personal (Araníbar, 1988, p. 231). Privilegios inherentes a su investidura fueron el no pagar tasas ni prestar servicios personales, vestirse como españoles y ser educados en una de las pocas escuelas especiales que funcionaban para ellos (Araníbar, 1988, p. 233). Los nobles caciques fueron reconocidos y sus funciones legisladas por pertenecer al grupo de las “buenas leyes y costumbres” que antiguamente tuvieron. Sus formas de sucesión fueron equiparadas a la de los mayorazgos de Castilla, lo que era un indudable signo de superioridad social en la vida hispanoamericana (Araníbar, 1988, p. 232). Entre ellos mismos se decían curacas, pero los españoles les llamaron genérica y oficialmente caciques. Se les confió las dos actividades ya enunciadas por resultar mucho más cómodo para la tributación y prestación de mano de obra.

De ahí que acabaron convirtiéndose en los instrumentos más serviles que velaban por los intereses de los encomenderos, corregidores, hacendados, sacerdotes y de la clase dominante en general. Se le compensaba permitiéndole el uso de ropa de corte español y otros adornos y comodidades bastante espectaculares (armas, caballos, cabellos largos, andas, acompañando a españoles, oír misa sentado en el altar mayor de la iglesia). Hasta se le añadió un salario, con lo que se les convirtió en auténticos empleados hereditarios en servicio del Estado colonial; por lo que siempre tenían que actuar en connivencia con los encomenderos y corregidores listos para continuar la explotación de los indios. Se les autorizó a ejercer funciones de control local (Araníbar, 1988, p. 232).

El cacique resultó siendo, por lo tanto, el intermediario entre las comunidades y los españoles y criollos, posición, precisamente, que le generaba una sola preocupación: cumplir las exigencias fiscales y el servicio personal en beneficio de encomenderos, hacendados, obrajes, mineros, estancieros, corregidores y del rey mismo, al extremo de que en múltiples veces los intereses de los caciques aparecían solidarios con los de los dominantes, hecho que se prueba con la existencia de muchos caciques contrarios a Túpac Amaru. De todos modos, fue una institución que se arraigó desmesuradamente en la vida indígena, como lo patentiza su supervivencia a lo largo de los siglos XIX y XX, primordialmente en el altiplano aymara. El cacique era el “gran señor” dentro de sus comunidades, es decir, generoso y despótico al mismo tiempo (Araníbar, 1988, p. 233).

La Reducción de Surco y el Corregimiento de la Buenamuerte

Cuando ocurrió la fundación de la ciudad de Los Reyes, elaborada en los mismos pueblos y estructuras del villorrio indígena, los naturales fueron desplazados y enviados a Chuntay, casas temporales durante las fiestas y labores agrícolas. Al poco tiempo, por causa del crecimiento urbano de la capital del virreinato, faltó espacio para las casas y huertas de los vecinos españoles y el marqués de Cañete decidió crear una reducción indígena llamada Santa María Magdalena. La segunda reducción del valle se creó en Sulco o Surco; esta se ubicó en la cercanía del pueblo de Armatambo (Rostworowski, s.f., p. 110).

En el caso del valle de Surco, se puede observar la separación de tierras entre los españoles y los indios. Tras el desorden de las concesiones iniciales, se institucionalizaron repartos de tierras y aguas en las reformas del virrey Francisco Toledo con el objetivo de organizar la proporcionalidad de la extensión poseída y la cantidad del agua distribuida en cada turno (Flores-Zúñiga, 2012, pp. 105-6). De acuerdo a las ordenanzas del virrey Toledo, los indios podían disponer del agua de las acequias los domingos y las fiestas. Tanto es así que en 1672 se fijaron penas para los turnos que regaban de noche; estas tierras eran de las haciendas que acaparaban el caudal antes que los naturales (Retamero, 2016, p. 6).

En el caso de Chaclacayo, en los siglos XVII y XVIII, la configuración de zonas de Chaclacayo se institucionalizó en los repartos de tierras y aguas a inicios de 1535 (Flores-Zúñiga, 2012). En ese sentido, las reformas del virrey Francisco Toledo buscaron una proporcionalidad entre la extensión de la propiedad (Sarabia, 1989). Fue así que Chaclacayo se convirtió en el corregimiento de La Buenamuerte, actualmente ubicado en la cuarta cuadra de la avenida La Rosaleda. En ese período se conformaron nueve fundos: Huascata, Morón, San Bartolomé, La Tuna, Tupacocha, San Damián, Santa Inés, El Juzgado y Buenamuerte (es.academic.com). Durante el siglo XVII, las órdenes religiosas lograron un control social; es así que los franciscanos tuvieron un rol de enseñanza de la doctrina cristiana. Fue así que la vida del valle medio quedó articulada entre la nueva fe y la gestión del agua entre las extensiones poseídas por españoles e indígenas (Flores-Zúñiga, 2012; Sarabia, 1989). Así, mientras en la zona baja curacas como Don Gonzalo luchaban por el reconocimiento de sus servicios ante la Real Audiencia, en las zonas medias del valle la vida se reorganizaba bajo el control del agua y la nueva fe impuesta por las misiones franciscanas (Sánchez Herrero, 1989; Rostworowski, s.f.).

El sistema de irrigación de Surco y la explotación agropecuaria y la manufactura artesanal de Chaclacayo

Anteriormente, el curacazgo de Surco mantuvo una estructura interna basada en cuatro ayllus: Calla Uno, Centauli, Yacay Cuchan y la capital de Armatambo. El cacique, antes llamado curaca, se cambió en un instrumento de intermediación administrativa entre los españoles y criollos. Su preocupación era cumplir las exigencias fiscales en beneficio de los encomenderos, hacendados, obrajes, mineros, estancieros, corregidores y el Rey (Historia del Perú, 1982, p. 233), pasando a ser un “instrumento de dominación y explotación colonial”, según Peña Montenegro (1668, p. 245). Aunque los caciques mantuvieron sus privilegios de exención de tributos, educación especial y ropa española, su función principal fue garantizar la recaudación fiscal y el servicio personal para la Corona (Peña Montenegro, 1668, como se citó en Historia del Perú, 1982, p. 233).

A la vez, el orden territorial de Surco sufrió cambios por los colonos y órdenes religiosas (Historia del Perú, 1982). Para el año 1697, las tierras de la comunidad de indios particulares y de españoles estaban “intervenidas”, permitiendo que los actores jesuitas de la hacienda Villa desplazaran a los regantes locales a través de arrendamientos y la expansión de acequias (Macera, 1975). La disposición se consolidó con las ordenanzas del virrey Toledo que intentaban proteger el agua para los indígenas los días festivos, culminando en una “disolución irreversible del antiguo orden” y un cambio en la relación de fuerzas en el valle (Cushner, 1980; Retamero, 2016).

En tanto, la zona de Chaclacayo experimentó una reorganización administrativa y productiva bajo el corregimiento de La Buenamuerte. Durante los siglos XVII y XVIII, Chaclacayo fue reorganizado con la formación de nueve fundos: Huascata, Morón, San Bartolomé, La Tuna, Tupacocha, San Damián, Santa Inés, El Juzgado y Buenamuerte (es.academic.com, s.f.). La producción principal de estos fundos fue el cultivo de algodón y la producción de forrajes destinados al ganado vacuno. Asimismo, la geografía permitió el desarrollo de una industria complementaria artesanal; la abundancia de carrizos en las riberas del río Rímac ayudó a la creación de esteras, una actividad antigua que permanece hasta el presente (Municipalidad de Chaclacayo, 2018).

En tanto, la zona de Chaclacayo y el valle medio del Rímac experimentó la necesidad de institucionalizar los repartos de tierras y aguas tras el desorden de las concesiones iniciales de 1535 (Flores-Zúñiga, 2012). Bajo las reformas del virrey Francisco de Toledo, se estableció un sistema de proporcionalidad entre la extensión de las propiedades y el turno de riego, buscando separar nítidamente el acceso al recurso entre españoles e indígenas (Sarabia, 1989). Durante los siglos XVII y XVIII, Chaclacayo fue reorganizado con la formación de nueve fundos: Huascata, Morón, San Bartolomé, La Tuna, Tupacocha, San Damián, Santa Inés, El Juzgado y Buenamuerte (es.academic.com, s.f.). La producción principal de estos fundos fue el cultivo de algodón y la producción de forrajes destinados al ganado vacuno. Esta estructura buscaba consolidar el control territorial y económico en el chaupi yunga, un área de transición técnicamente compleja para la gestión del agua (Flores-Zúñiga, 2012; Sarabia, 1989).

La subsistencia en el valle medio dependía de una vigilancia estricta de las cuotas de agua, vitales para sostener la producción de algodón y forrajes para ganado vacuno que caracterizó a los fundos de la zona (Flores-Zúñiga, 2012; es.academic.com, s.f.). Junto a la actividad agrícola, la geografía fluvial permitió el desarrollo de una industria artesanal basada en la abundancia de carrizos para la creación de esteras, actividad que persiste desde la época colonial (Municipalidad de Chaclacayo, 2018). No obstante, este orden productivo e hídrico sufrió una fragmentación irreversible por la intrusión de nuevos actores. A pesar de las ordenanzas toledanas que intentaban proteger el agua para los indígenas, la presión de las haciendas resultó en una disolución irreversible del antiguo orden del valle (Cushner, 1980; Retamero, 2016).



Referencias
  • Araníbar, C. (1988). [Contribución sobre los Curacas]. En L. G. Lumbreras, J. C. Garavaglia, H. Bonilla, S. Macera, C. Araníbar, A. Flores Galindo, F. Pease, M. Rostworowski, M. Burga, & N. Manrique, Nueva visión del Perú (Vol. 1, pp. 26, 231–233). Tarea.

  • Cushner, N. P. (1980). Lords of the Land: Sugar, Wine, and Jesuit Estates of Coastal Peru, 1600-1767. State University of New York Press.

  • Es.academic.com. (s.f.). Chaclacayo. Recuperado el 19 de diciembre de 2025 de https://es.academic.com

  • Flores-Zúñiga, F. E. (2012). Haciendas y pueblos de Lima. Historia del valle del Rímac. Fondo Editorial de la Municipalidad Metropolitana de Lima.

  • Historia del Perú: Perú Colonial (Tomo II). (1982). Editorial Juan Mejía Baca.

  • Macera, P. (1975). Instrucciones para el manejo de las haciendas jesuitas del Perú (ss. XVII-XVIII). Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

  • Municipalidad de Chaclacayo. (2018). Plan de Desarrollo Local Concertado de Chaclacayo 2018-2030. https://www.munichaclacayo.gob.pe

  • Retamero, F. (2016). Las acequias de las ciudades: El riego de los campos de Lima (siglos XVI-XVIII). Universitat Autònoma de Barcelona.

  • Retamero, F. (2016, enero). Arriba y abajo. Cristianos viejos y españoles en sistemas de irrigación de la provincia de Málaga (España) y de algunos valles de Perú (s. XV–XVII). Un ensayo de comparación [Ponencia]. International Conference Old and New Worlds: the Global Challenges of Rural History, Lisboa, Portugal.

  • Rostworowski, M. (2012). Obras completas III. Ensayos de historia andina. Instituto de Estudios Peruanos.

  • Rostworowski, M. (s.f.). La Lima Indígena. [Manuscrito o versión digital].

  • Sánchez Herrero, J. (1989). La enseñanza de la doctrina cristiana en América durante el siglo XVII. En Actas del III Congreso Internacional sobre los Franciscanos en el Nuevo Mundo (Siglo XVII) (pp. 276-330). Editorial Deimos. https://www.academia.edu/42193025/Los_franciscanos_en_el_Nuevo_Mundo_siglo_XVII_

  • Sarabia Viejo, M. J. (1989). Actas del III Congreso Internacional sobre los Franciscanos en el Nuevo Mundo (Siglo XVII). Editorial Deimos.


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