El Fascismo y el Neofascismo

Nota. Adaptado de Benito Mussolini, por autor desconocido, 1935, Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Benito_mussolini.jpg

Por: Marco Roncagliolo

El «núcleo» del fascismo se define, más allá de caracteres contingentes, por el supremacismo racista y la exaltación de la nación como una comunidad natural, donde la sustancia es la autosugestión de una superioridad «blanca» del mundo euroamericano (p. 13). Este fenómeno tiene antecedentes en el mundo liberal-conservador francés con el conde de Gobineau y su ensayo de 1854, así como en la Gobineau-Vereinigung alemana de 1894, pero todo cambia cuando se convierte en doctrina de Estado y se utiliza la fuerza para imponerla (p. 13, 14). En el caso italiano, el nacional-racismo fue un pastiche de nociones como la «antigua Roma» y el «primado italiano», lo que generó en 1934 una disputa con el nacionalsocialismo alemán: mientras Mussolini reivindicaba treinta siglos de historia frente a quienes «ignoraban la escritura», Alfred Rosenberg replicaba que los romanos eran analfabetos cuando Egipto ya era una civilización floreciente (p. 15, 16, 17). Este racismo sobrevivió durante la Guerra Fría en franjas neofascistas de Italia, Francia y EE. UU., manifestándose actualmente en una «repugnancia racista» contra migrantes procedentes de las antiguas colonias, en contraste con el apoyo entusiasta a millones de ucranianos entre 2022 y 2023 (p. 19, 20).

Políticamente, el fascismo no fue solo «totalitario», sino que ejerció un poder dictatorial con amplio consenso entre 1928 y 1938, el cual se desmoronó tras la irresponsable decisión de entrar en guerra en junio de 1940 (p. 21). Desde sus orígenes «diciannovistas» en 1919, el movimiento presentaba exigencias como el «salario mínimo» y la gestión obrera de las industrias, pero terminó consolidándose mediante el uso de la fuerza pública contra la izquierda entre 1921 y 1922 (p. 21, 22). Finalmente, como advirtió Umberto Eco en 1995 sobre el «Fascismo eterno», estos procesos degenerativos suelen iniciar con el aumento del poder ejecutivo y la intimidación de la oposición, situaciones ante las cuales solo una alternativa con ideas claras puede poner un dique oportuno (argine tempestivo) (p. 20, 23).

El autor sostiene que el fascismo no fue únicamente el régimen «totalitario» que ejerció un poder dictatorial (potere dittatoriale) desde finales de 1926 hasta julio de 1943 (p. 21). Su declive comenzó con la decisión precipitada y, de hecho, irresponsable de entrar en guerra (avventata, di fatto irresponsabile, decisione di entrare in guerra) en junio de 1940, cuya gestión fallida desmoronó el consenso del régimen (p. 21). Existió también un fascismo «diciannovista» con pretensiones anticapitalistas y pulsiones nacionalistas (p. 21-22), cuyo programa original de 1919 exigía el «salario mínimo» (paga minima) y la gestión proletaria de las industrias (p. 22). Este movimiento se consolidó al contraponer su propia «revolución» a la de la izquierda italiana, gestionando primero la oposición y luego el poder para transformarse en un sistema de mando que podría definirse como un "reaccionarismo capilar de masas" (sistema di comando che potrebbe definirsi «reazionarismo capillare di massa»), apoyado en clases medias empobrecidas y xenófobas (p. 22, 24). Tras la caída, el fascismo resurgió como neofascismo a finales de 1946 bajo la táctica de navegar dentro de las instituciones (navigare all'interno delle istituzioni) (p. 24). En última instancia, el fascismo se revela como un modelo de experimentos y métodos que siempre regresan, habiendo logrado una percepción de «normalidad» (normalità) como una fuerza política más entre las demás (p. 25-26). Resulta significativo que este proceso de normalización ocurriera a pesar del error de Mussolini de declarar la guerra a países como el Reino Unido y los Estados Unidos, donde el fascismo gozaba originalmente de grandes simpatías (p. 27). 

El fenómeno fascista se expandió globalmente gracias a un tejido conectivo basado en el racismo del «supremacismo blanco» (suprematismo bianco), convirtiéndose en modelo para todo Occidente (p. 29). En la península ibérica, el «largo fascismo» español (fascismo lungo spagnolo) se mantuvo hasta 1975, pasando de aliado de Mussolini a base estratégica de la OTAN, mientras que en Portugal se consolidaba el régimen salazarista (p. 30). Un caso de especial interés es el peronismo argentino, definido como una original reinterpretación latinoamericana del fascismo italiano inserta en una tradición nacional opuesta a la Doctrina Monroe (dottrina di Monroe) (p. 30).

En contraste, en Europa oriental se optó por un «antifascismo de Estado» que aplicó una mano dura contra los colaboracionistas (mano pesante contro i collaborazionisti), aunque al mantenerse estos regímenes por la fuerza externa, su caída provocó un efecto de rebote (contraccolpo) que hizo emerger antiguas corrientes extremistas (p. 32). Recientemente, el neofascismo ha vuelto al poder en países como Austria tras el cancillerato (cancellierato) de Bruno Kreisky (p. 33). Incluso en naciones con fuerte tradición socialdemócrata como Suecia o en Francia con el legado de Vichy, han florecido derechas radicales xenófobas que demuestran cómo el celo colaboracionista (zelo collaborazionista) y las ideologías de la Révolution Nationale nunca desaparecieron del todo, resurgiendo con fuerza desde los años setenta (p. 34-35).

La cuestión alemana fue un punto crítico que solo se resolvió definitivamente entre 1990 y 1991, tras el fin de la Guerra Fría (p. 39). Desde 1942, figuras como Sumner Welles propusieron planes para la división de Alemania (divisione della Germania) en múltiples estados pequeños para evitar su resurgimiento (p. 39). El presidente Roosevelt prefería apoyar tendencias separatistas internas tras la derrota, y en 1943, Gran Bretaña y EE. UU. propusieron formalmente dividir el territorio en tres estados (p. 40). Sin embargo, el ministro soviético Molotov rechazó estas propuestas, posición que Stalin reafirmó en 1945 al declarar que la URSS no se proponía destruir ni dividir a Alemania (p. 40-41). En las conferencias de Yalta y Potsdam, tras la muerte de Roosevelt y la derrota electoral de Churchill, los planes de división fueron finalmente abandonados (p. 41). En su lugar, se emitió una declaración común cuyo objetivo no era esclavizar al país, sino reacostumbrar al pueblo alemán a la democracia (riabituare il popolo tedesco alla democrazia) (p. 41).

El autor establece que el neofascismo no debe entenderse como un brote aislado tras 1945, sino como la manifestación de la «continuidad del Estado» (continuità dello Stato), evidenciando que la transición a la democracia fue solo una fachada para muchos cuadros que permanecieron en los aparatos burocráticos y de seguridad (apparati burocratici e di sicurezza) (p. 65). Según el texto, la definición de neofascismo no se limita a la nostalgia por el régimen de Mussolini, sino que se identifica como un movimiento de reincorporación y adaptación de la ideología autoritaria a la legalidad democrática, utilizando el «golpe frustrado» (mancato golpe) y la penetración electoral (penetrazione elettorale) como herramientas para alcanzar el poder (p. 66). Canfora es enfático al afirmar que «los neofascistas son los hijos de la Guerra Fría» (i neofascisti sono i figli della guerra fredda), definiéndolos esencialmente como una fuerza instrumentalizada por las democracias occidentales bajo una función anticomunista (funzione anticomunista) (p. 67).

En la actualidad, este fenómeno se define a través del «soberanismo» (sovranismo), una mutación que sustituye la estética antigua por una retórica de proteccionismo económico y xenofobia (protezionismo economico e xenofobia) para captar un electorado amplio (elettorato vasto) (p. 68-69). La tesis central define al neofascismo como un ente que «prospera donde la izquierda renuncia a su función social» (prospera dove la sinistra rinuncia alla sua funzione sociale), consolidándose como un «fascismo posmoderno» (fascismo postmoderno) que no busca destruir las instituciones desde fuera, sino vaciarlas desde dentro (svuotarle dall'interno) (p. 69-70). Finalmente, se concluye que el neofascismo es, por definición, un «síntoma de la enfermedad de la democracia» (sintomo della malattia della democrazia), un producto endógeno de las crisis del sistema liberal (p. 71).



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