En Las luchas por la independencia peruana

 


Por: Marco Roncagliolo





Nota. Adaptado de Batalla de Ayacucho, diciembre de 1824, por autor desconocido, 1829, Bibliothèque nationale de France, Wikimedia Commons. Obra de dominio público. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Batalla_de_Ayacucho,deciembre_de_1824-_btv1b8441215m.jpg





Antes de la independencia, bajo la monarquía católica, el Santo Oficio y su efectividad, se produjo una reconfiguración geopolítica durante los siglos XVIII y XIX con la apertura de la ruta del Cabo de Hornos y el surgimiento de la rebelión criolla frente a la superstición y el imperio. Debido a ello, para recompensar la fidelidad y reforzar la vía defensiva y militar, se crearon los virreinatos del Río de la Plata y de Nueva Granada, y se aplicaron reformas económicas que apoyaron la minería e impulsaron la producción agrícola y manufacturera. Sin embargo, estas medidas también generaron excesos fiscales y un aumento de las tasas. Entre ellas se incluyeron nuevos censos, el asedio a la Iglesia mediante la expulsión de los jesuitas y la transferencia de cuentas y propiedades de capellanías. Todo ello avivó un nacionalismo criollo acompañado de un sentimiento de amor a la patria, que se manifestó en escritos de orgullo criollo. En ellos, la élite criolla reflexionaba sobre la defensa de América y valoraba las glorias incas.


En este periodo de transformación social del siglo XVIII, con una población compuesta por indígenas, mestizos y criollos y un crecimiento demográfico reflejado en el censo de 1797, que registró aproximadamente 1 100 000 habitantes, el virreinato se interconectó y reestructuró, abarcando Lima, Cusco, Arequipa, Trujillo, Huamanga, Huancavelica, Tarma y Puno. Al mismo tiempo, la estructura dual del pueblo de indios, que venía desarrollándose desde el siglo XVI, y la República de Indios mantuvieron su autonomía política, económica, social y administrativa dentro del sistema de castas.


Así, en el siglo XVIII, Lima funcionaba como capital política, militar, gubernativa y eclesiástica, mientras que Cusco destacaba por su obispado, universidad y enseñanza; Arequipa y Trujillo, por sus puertos; y Huamanga, por su obispado y universidad. La economía giraba en torno a los polos de la minería, como el Gran Potosí, la actividad agropecuaria y agrícola, la producción de coca, los textiles y el comercio monopólico con el puerto del Callao. Esto configuró una sociedad de creciente mestizaje y castas donde, junto al peso de la población negra y de la élite blanca, sectores del interior se enriquecieron asumiendo riesgos.


Finalmente, el acceso a cargos y encomiendas permitió afianzar la escala jerárquica social de una nueva élite militar, que planteó reclamos especiales facilitados por la Cédula de Gracias al Sacar para ascender socialmente. Al mismo tiempo, en el mundo rural e intelectual surgieron criollos y mestizos ilustrados, hombres de letras y clérigos que, a través de publicaciones como el Mercurio Peruano, promovieron un pensamiento criollo, católico y renovado.


El liberalismo se agudizó tras la abdicación de Fernando VII en 1808 y la creación de la Junta Central, contexto en el cual la mayoría de los virreinatos se plegaron a posiciones fidelistas. En el Virreinato del Perú, debido a su economía activa, las fuerzas militares contuvieron las insurgencias andinas y las infructuosas arremetidas posteriores a la creación de la Junta de Buenos Aires en 1810.


Paralelamente, la Junta Central juró en 1809 y asignó un diputado al virreinato mediante un sorteo entre candidatos, entre los cuales figuró el marqués de Superunda. Asimismo, convocó a las Cortes para redactar una nueva Constitución mediante representantes suplentes cuando no se contaba con la totalidad de los vocales. De este modo, se logró la instalación de las Cortes el 24 de septiembre de 1810 y la promulgación de la Constitución el 12 de marzo de 1812.


En este escenario, el virrey Abascal desafió la censura al otorgar libertad de imprenta, lo que dio paso al periódico El Satélite y a debates sobre decretos antiesclavistas. También se establecieron elecciones generales para cabildos y ayuntamientos constitucionales en tres niveles —local, regional y general— para núcleos urbanos de más de 200 vecinos. Estas medidas afectaron la configuración política de Cusco y Lima, al enfrentar a indios comunes y nobles.


Ante las Juntas de América surgieron rebeliones en el sur andino, impulsadas por el descontento de élites regionales y ciudades que buscaban reforzar el poder y la economía local. Estas se manifestaron en el levantamiento de Tacna, encabezado por Zela; la rebelión de Huánuco contra el gobierno central, con acciones, temores, saqueos indígenas y juntas de gobierno en febrero de 1812; y la gesta de los hermanos Angulo.


Estos acontecimientos provocaron el deterioro del régimen corporativo, tanto por las guerras entre porteños y realistas como por las insurrecciones vinculadas a Castelli, Belgrano y Paillardelle. Este proceso incorporó a nuevos actores, como colegios profesionales, clérigos, viudas, órdenes regulares —mercedarios y franciscanos—, mujeres y dirigentes de la población indígena, como Pumacahua.


Finalmente, con el regreso de Fernando VII se restituyó la Inquisición y se abolió la libertad de imprenta. Al mismo tiempo, los ejércitos de libertad consolidaron la independencia del Río de la Plata en 1816, el cruce de los Andes y la batalla de Maipú en 1818, bajo un alto costo de guerra para el virrey Pezuela. Este proceso culminó con el plan de San Martín y la Expedición Libertadora, que desembarcó en Paracas el 8 de septiembre de 1820, las campañas de Cochrane hacia el norte y los avances en Chocó (1819), la independencia de Trujillo en 1820 y las acciones en la sierra y Huamanga hacia 1821.


El proceso de emancipación y los inicios republicanos en el Perú combinaron grandes hitos militares con una profunda inestabilidad política, económica y social. La fase decisiva comenzó con las corrientes libertadoras del sur tras el regreso de Fernando VII a España, la consolidación de la independencia del Río de la Plata en 1816, el cruce de los Andes y la victoria en la batalla de Maipú en 1818. Estos acontecimientos permitieron organizar el plan de San Martín y la llegada de la Expedición Libertadora a Paracas el 8 de septiembre de 1820.


Las incursiones navales de Cochrane y los levantamientos en el norte, como el de Trujillo, aceleraron el colapso del régimen virreinal hasta provocar el Motín de Aznapuquio en 1821 y la proclamación de la independencia el 28 de julio de 1821. Esto dio paso a una dualidad de poderes, con La Serna gobernando desde Cusco y San Martín desde Lima.


Tras la histórica entrevista de Guayaquil, San Martín dejó el mando el 20 de septiembre de 1822, permitiendo que el Primer Congreso Constituyente asumiera la implementación práctica de la República y entregara el Poder Ejecutivo a una Junta Gubernativa liderada por José de La Mar. Esta enfrentó el fracaso de la Primera Expedición a Intermedios en Tarata y Moquegua y la posterior presión del militarizado Motín de Balconcillo, ocurrido el 27 de febrero de 1823, que impuso a José de la Riva Agüero como primer presidente de la República.


El posterior conflicto político entre las sedes de Trujillo y Lima provocó graves quiebres institucionales y económicos. Este panorama requirió la entrada militar y política de Simón Bolívar entre 1823 y 1824 para reorganizar el ejército independentista, apoyado por la escuadra del almirante Martín Guise y por las fuerzas liberales. Finalmente, se logró la victoria definitiva el 9 de diciembre en la Pampa de la Quinua, en Ayacucho, y la posterior capitulación de Olañeta en 1825, lo que contribuyó al proceso que culminó con la declaración de independencia de Bolivia.


En la posguerra, los esfuerzos panamericanistas fracasaron con el Congreso de Panamá de 1826, mientras que el Perú adoptó la Constitución Vitalicia de 1826. Posteriormente, las tropas colombianas se rebelaron en 1827 y se instaló la presidencia de José de La Mar.


Este periodo estuvo marcado externamente por el auge del caudillismo militar, en el que generales realistas y sanmartinianos se disputaban la soberanía regional mediante recurrentes golpes de Estado, posteriormente legitimados mediante elecciones. Internamente, el país experimentó el desmantelamiento de la economía colonial debido a la crisis de la minería, la falta de mano de obra y la pérdida de recursos fiscales originada en la venta de bienes hospitalarios y de cofradías.


Finalmente, en el plano sociocultural, la Iglesia católica vio sus cabildos intervenidos, mientras que la nobleza tradicional fue desplazada ante el ascenso militar y la integración de parte de la élite indígena hereditaria mediante matrimonios con familias criollas. Al mismo tiempo, las tensiones ideológicas viraron hacia el conservadurismo de Bartolomé Herrera, mientras se mantenían estructuras políticas tradicionales locales sobre poblaciones de habla quechua y aimara en un espacio fragmentado.


El proceso de emancipación se inició con la acción de los ejércitos de libertad y las proclamas de independencia en el contexto del regreso de Fernando VII al trono español, la declaración de independencia del Río de la Plata en 1816, la restitución de la Inquisición y la abolición de la libertad de imprenta.


Tras el cruce de los Andes y la victoria en la batalla de Maipú en 1818, el costo de la guerra recayó sobre el virrey Pezuela. Se puso en marcha el Plan de San Martín con la Expedición Libertadora en septiembre de 1820, que desembarcó en Paracas el 8 de septiembre. Posteriormente, se realizaron las operaciones navales de Cochrane hacia el norte en octubre, así como acciones en Chocó (1819), la proclamación de la independencia en Trujillo (1820) y los enfrentamientos en la Sierra Central y Huamanga (1821).


Este proceso derivó en el Motín de Aznapuquio de 1821 y en la proclamación de la independencia el 28 de julio de 1821, dando paso a la existencia de gobiernos simultáneos: La Serna en Cusco y San Martín en Lima. Tras la recuperación realista, los retrasos y las destrucciones, y luego de su paso por Guayaquil, San Martín entregó el mando el 20 de septiembre de 1822.


La implementación práctica de la República se produjo tras la salida de San Martín, cuando el Primer Congreso Constituyente entregó el Poder Ejecutivo a una Junta Gubernativa dirigida por José de La Mar, Felipe Antonio Alvarado y Manuel Salazar y Baquíjano. La Primera Expedición a Intermedios, compuesta por tropas argentinas, chilenas y peruanas, fue derrotada en Tarata y Moquegua en enero de 1823.


En febrero de ese año, la Junta presenció el Motín de Balconcillo del 27 de febrero, liderado por Santa Cruz y Gamarra, que impuso a José de la Riva Agüero como primer presidente de la República el 28 de febrero de 1823. Esto desató conflictos entre Trujillo y Lima.


Riva Agüero se trasladó al norte, a Trujillo, donde reorganizó divisiones del ejército y adoptó diversas medidas económicas. Asimismo, se apoyó en las élites locales y promovió la creación de instituciones como la Casa de Moneda y el Tribunal de Justicia.


Posteriormente, Bolívar realizó su entrada militar y política entre 1823 y 1824, reorganizando el ejército con el apoyo de las fuerzas liberales y de la escuadra peruana al mando del almirante Martín Guise. En medio de las disputas políticas entre Santa Cruz y Torre Tagle, se consolidaron los triunfos en la Pampa de la Quinua, en Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, y la derrota final de Olañeta en abril de 1825. Finalmente, en agosto, la Asamblea de Diputados declaró la independencia de Bolivia.


Esta participación en la guerra estuvo asociada a profundas transformaciones sociales y a la formación de una nueva identidad destinada a cohesionar ideas frente a las tensiones existentes. Entre estos acontecimientos se encuentran el fracaso del Primer Congreso de Panamá, celebrado entre el 22 de junio y el 15 de julio de 1826; la aprobación de la Constitución en septiembre de 1826; el ascenso de La Mar a la presidencia en julio de 1827; y la rebelión de las tropas colombianas contra la Junta de Gobierno en enero de 1827.


A partir de este periodo se reconoce que el proceso de independencia respondió, en la práctica, a un autonomismo heredado de épocas rebeldes, caracterizado por la fragmentación del poder y de la soberanía, en el que los espacios regionales y las ciudades competían por autonomía y privilegios.


Los líderes locales y los caudillos se enfrentaron a los antiguos generales del ejército realista y sanmartiniano desde 1820. El caudillismo y la división regional llevaron a que los líderes militares tomaran el control del ejército y de la política. Las disputas entre caudillos generaban lealtades políticas, de modo que cada golpe de Estado era seguido por procesos electorales destinados a ratificar el nuevo orden político.


En el ámbito económico, se desmanteló la estructura colonial, afectando la actividad minera y el sector agropecuario debido a la disminución de la mano de obra y la supresión de recursos fiscales. Las políticas económicas pusieron atención en la venta de bienes hospitalarios, así como en la administración de cofradías y obras pías, mientras que diversos sectores sociales de Lima exigían distintas medidas económicas.


En la Iglesia católica, San Martín intervino en los cabildos eclesiásticos y buscó dirigir el estamento eclesiástico. La antigua nobleza colonial fue desplazada, mientras que se produjo un ascenso social a través del fuero militar. Por otro lado, parte de la nobleza indígena hereditaria y de la élite se vinculó con familias descendientes de los incas mediante matrimonios con europeos y criollos.


En la estructura política e ideológica convivieron la estadística, la minería y las élites con los avances científicos y tecnológicos, las artes plásticas, la literatura y la música. Este contexto derivó en un viraje conservador liderado por Bartolomé Herrera, que reforzó la estructura política tradicional, el papel de los alcaldes y el control de los recursos. Al mismo tiempo, las lenguas quechua y aimara experimentaron procesos de expansión.


La República y el fin del proceso de independencia se consolidaron cuando el Primer Congreso adoptó el sistema republicano y se produjo la expulsión de los españoles y de los principales dirigentes realistas del país. Asimismo, se convocaron elecciones para asegurar la representación política en los departamentos y territorios ocupados.


El Congreso entregó el Poder Ejecutivo a la Junta Gubernativa integrada por José de La Mar, Felipe Antonio Alvarado y Manuel Salazar y Baquíjano. No obstante, la Primera Expedición a Intermedios sufrió una severa derrota en el eje sur, lo que desencadenó el primer golpe de Estado de la historia peruana, el Motín de Balconcillo, mediante el cual se impuso a José de la Riva Agüero como presidente en Lima.


En este convulso contexto, Bernardo de Tagle, conocido como Torre Tagle, debió enfrentar la contraofensiva realista cuando el general José de Canterac avanzó y ocupó la capital el 18 de junio de 1823, obligando a las autoridades patriotas a evacuar Lima y trasladarse provisionalmente a la fortaleza del Real Felipe, en el Callao.





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